
Rubén Portillo es kinesiólogo de la Policlínica Cristo Caminante. Llegó a la Obra en el año 2000 gracias a quien, por aquella época, era directora administrativa del área: nuestra querida y recordada Diana Suárez. En la actualidad, alrededor de 80 personas concurren semanalmente al servicio de kinesiología para realizar su rehabilitación.
Llegué a la Obra convocado por Diana Suarez. El Dr. Bordón, traumatólogo de la Policlínica, estaba interesado en que sus pacientes recibieran una rehabilitación adecuada que no existía en la zona y, hasta ese momento, nuestro centro de salud no contaba con este servicio.
Acudí al llamado de Diana. Me interiorice y me interesó la propuesta. Entendía la necesidad de la comunidad. Los aranceles que se cobraban eran muy bajos, incluso algunos subsidiados. Lamentablemente, por cuestiones económicas, le dije que no estaba en condiciones de aceptar el trabajo.
Pero Diana, quien tenía una gran habilidad para el manejo de las personas y sus sentimientos, me tenía preparada una buena jugada. Cuando yo le dije que no era posible con esos valores montar un proyecto de este tipo, me dijo: “antes de tu último no quiero mostrarte el lugar”. Me llevó al gimnasio, y me comentó que había sido diseñado a la voluntad del Padre Mario. Cuando ingresé, vi un espacio amplio, con las paralelas empolvadas, una iluminación muy básica. En ese momento se me produjo un click. Yo estuve en muchos lados y no había encontrado un espacio así, y pensé que se podía hacer algo bueno mejorándolo un poco y con algo de equipamiento. Fue una lucha interna entre lo económico y lo que sentí en ese lugar. Finalmente, Diana me convenció diciéndome que confiáramos y tuviéramos fe. Entonces comencé a venir una vez por semana, para probar. Recuerdo perfectamente haber comenzado un 2 de junio, con 5 pacientes adultos que tenían lesiones neurológicas y que no recibían atención alguna. Al cabo de un año, debido al creciente número de pacientes, tuve que dejar otros trabajos y venir más días.
Luego de 3 años, y debido a la demanda creciente, tuvimos que convocar a otro profesional. Pasaron varias personas, hasta que llegó Fabio Ferreyra, compañero que felizmente se unió al proyecto.
Actualmente atendemos a 80 personas por semana, con los casos más diversos. Fabio se dedica a los pacientes pediátricos, y yo a los adultos, algunos con problemas neurológicos.
Sin mediar vanidad, nuestro servicio es muy reconocido en la zona y en otros lugares. Incluso recibimos pacientes que vienen de Capital con muy buenas referencias, y que los comentarios sobrepasen los límites de La Matanza nos llena de orgullo.
Nos vendría muy bien renovar algunos equipamientos, por ejemplo bicicletas, equipos de electromedicina como ultrasonido y magnetos, que permitan una mejor calidad de atención a los pacientes. Incluso sería bueno contar con un aire acondicionado debido al calor del verano. De todos modos, intentamos paliar estas necesidades con la mejor calidad profesional y humana posible.
En cuanto a la figura del Padre Mario, debo decir que no lo conocía. Había escuchado muy poco de él. Pero tuve la fortuna de atender a la presidenta de la Obra, Perla Gallardo, por quien siento un cariño muy especial. Fue ella quien me emocionó con su relato sobre la historia de la Obra y del Padre.
Hoy, ser parte de este proyecto me genera una gran energía, gracias al estímulo y acompañamiento de los directivos y de los pacientes. Me siento muy reconfortado y muy agradecido de pertenecer a la Obra.

