Mariela Ferreira

Al poco tiempo de que mi hija Federica empezara la sala de 4 en el Jardín de Infantes, tuve una infección muy importante en el útero que ponía en riesgo mi vida y los médicos consideraban una operación que me impediría volver a tener hijos. Así que un día vine al mausoleo y le pedí con muchísima fe al Padre Mario por mi salud. También le prometí que cuando me curara vendría a trabajar como voluntaria.

A los dos meses, los estudios dieron como resultado que ya no tenía ninguna enfermedad, que estaba curada y no tenía absolutamente nada. Cuando entré al consultorio, el médico me recibió con esta frase: “no sé a qué santo le rezaste pero se hizo el milagro, seguí pidiéndole cuando lo necesites porque ni rastros quedan de la infección que tanto comprometía tu salud”.

Así que a la semana, cuando vine a ofrecerme como voluntaria, me recibió Selma Henry y en dos días ya estaba colaborando en la recepción de donaciones. Y durante unos años estuve colaborando tres veces por semana y me encantó participar de las actividades de la Obra, escuchar a la gente, hablar con ellos.

Esa es una de las cosas que más disfruto hoy de mi trabajo: la posibilidad de escuchar los testimonios porque eso me permite muchas veces poner en perspectiva mis problemas, que, a veces, no son nada al lado de los de muchas personas que vienen con cuestiones agobiantes. Me encanta ver cómo los milagros ocurren. He visto personas con problemas gravísimos, chicos que no podían caminar y hoy entran corriendo…

Por eso nuestro trabajo es de mucha responsabilidad porque entramos en contacto con la gente y estamos de algún modo representando al Padre Mario, nada menos. Me encanta ese contacto.

No tuve la suerte de conocer al Padre Mario, pero con todo lo que escuché en estos años, con todo lo que viví y me contaron los peregrinos, Perla, Selma, el Negrito Rivero, todos, puedo decir que lo conozco bien. Lo tengo todo el tiempo presente, yo sé que está acá entre nosotros y sé que hay que pedirle con fe.

Creo que lo que más aprendí trabajando en Relaciones Institucionales es a poder minimizar algunas cosas que me pasan y a escuchar. Pero también aprendí a “manguear”, a pedir para lograr que la Obra siga manteniéndose y creciendo.

Me siento parte de la Obra porque esta es como mi segunda casa. Tanto es así que a veces estoy en mi casa con los chicos, dándoles de almorzar y les digo “vamos, apúrense que me tengo que ir a casa”. “Pero, mamá, si ya estás en casa”, se ríen ellos. “¡Ah! ¡Sí! Me tengo que ir a la oficina…”, les digo.

Siento que tuve la suerte y la ventaja de poder estar en un área donde podemos estar con nuestros hijos hasta el primer año, tengo unos compañeros fantásticos, trato de llevarme bien con todos, me conocen todos por mi risa escandalosa. Y porque me encanta lo que hago y veo que todo acá es real. Mi trabajo también tiene que ver con recibir colaboraciones y veo que a mucha gente le pasa lo mismo que a mí, donan con placer porque saben que la próxima vez que vienen van a ver algo nuevo. Me siento una bendecida de estar acá.