Atención al PeregrinoPadre Mario

Homilía de Monseñor Suárez

Lecturas:

Sab. 3,1-9 (398)
Ps. 22,1-6 (905)
Jn. 6,51-58 (939)

“Muy queridos hermanos: han pasado diecinueve años desde que Dios llamó al Padre Mario para estar con Él. Es el destino de todo hombre volver a la casa del Padre.

Todo hombre pasa por la experiencia de la muerte. La Biblia lejos de esquivarla, la mira de frente con lucidez y realismo. La Biblia nos presenta al hombre como una paradoja viviente por su grandeza y su pequeñez.

Grandeza, por haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, (Génesis 2,27), dotado de inteligencia capaz de dominar el universo (Ps. 8), y de voluntad capaz de elegir el bien y rechazar el mal (Is. 15,14-17), sombra que pasa (Ps. 38,7).

Esto nos hace pensar que por más larga que sea nuestra vida, siempre es como una sombra que pasa. Lo importante es en que gastamos la vida, si en obras que perduran o en vanidades de la vida.

Por algo hemos proclamado en el Evangelio de Juan: “Yo soy el pan de vida bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo”.-

Por eso afirmamos hay vida después de esta de vida, y es una vida eterna. Esta es la promesa de Jesús. “Donde yo esté también estará mi servidor”.

Con el salmista cantamos: “Me enseñaras el camino de la vida; me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha”. Ps. 15,11.

Y como afirmamos en la primera lectura, tomada del Libro de la Sabiduría: “Las almas de los justos están en las manos de Dios”, manos poderosas, manos misericordiosas, manos de infinita  suavidad.

El misterio de la muerte únicamente puede ser iluminado a la luz de Cristo muerto y resucitado. Como contemplamos en Semana Santa y lo afirmamos en el Credo: ‘murió y al tercer día resucitó’. San Pablo, exclama: “La muerte, ha sido absorbida en la victoria de Cristo, ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? Demos gracias a Dios que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo”. 1Cor. 15,56-57.

La vida del cristiano es un caminar hacia la casa del Padre, y la muerte es la puerta. Allí nos espera Dios para introducirnos en la eterna fiesta de su inmenso corazón.

Este es el lugar que pedimos para el alma del querido Padre Mario.

Esta es una consoladora esperanza que nos recuerda el Prefacio de la Misa de hoy: “Si nos entristece la certeza de tener que morir, nos consuela la promesa de la inmortalidad que esperamos. Porque la vida de los que creen en Ti, Señor, no se acaba, sino que se cambia. . .”. Tendremos una existencia distinta junto a Dios.

El Padre Mario, devoto del Cristo Caminante, ha concluido ya su peregrinación, como sacerdote  estará celebrando la Pascua eterna.

Qué bueno meditar las palabras del salmista: “El Señor mi Pastor, nada me puede faltar, él me hace descansar en su verdes praderas”.

Con estos sentimientos de fe y esperanza ofrezcamos hoy la Eucaristía en sufragio del alma de nuestro hermano Mario, sacerdote, para que llegue al descanso de la vida eterna.

Y que María Santísima nos conceda a todos andar por el verdadero camino, que es Cristo”.

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