Entrevista a Jorge Centurión
Jorge Centurión, empresario exitoso y CEO de la empresa Jac MC Light, es un gran amigo de la Obra del Padre Mario. Ha decidido donar el dinero para construir un aula de nuestro Colegio Universitario Pantaleo. A continuación, el relato de su experiencia junto al Padre Mario, en la entrevista que nos concedió en sus oficinas de Puerto Madero.
Yo soy veterano de guerra. Volví de Malvinas desahuciado, herido en combate por la bomba de un Harrier. Y quedé, como se dice vulgarmente, loco. Todos los estudios daban mal. Quien era por ese entonces mi esposa me insistía en ir a ver al Padre Mario, pero yo no le tenía confianza.
Hasta que un día me convenció. Fui, hice una cola larga, entré a un salón rectangular donde había muchas personas. Después de un rato entró un curita gordito, chiquitito, con la sotana toda sucia. Fue lo primero que me llamó la atención: no mostraba ningún lujo.
Miré que no tocaba a nadie, pero bendecía y movía el péndulo en algunas fotos. No hablaba. Siguió caminando. Se paró en la fila donde estaba yo. Bendijo las fotos que traía mi ex esposa de sus familiares. Luego se paró frente a mí. Apoyó su mano sobre mi cabeza, y la tocó. En ese momento sentí que me metían en un horno de mil grados, un calor tremendo, comencé a transpirar inmediatamente y me levantó la cabeza para que lo mirara. Y lo que vi en ese momento no era la realidad, porque vi un par de ojos celestes, color turquesa como el mar de la Polinesia. Y él me dijo: “cuando pongamos en orden esta cabecita todo va a andar muy bien. Venime a ver el martes, a solas”.
Yo me fui bastante bien. Pasó la semana. Lo volví a ver en una oficinita que tenía al lado de esa sala. Cuando entré, estaba del lado de afuera del escritorio, no como si fuese el número uno, sino del lado de la visita. Estaba tirado hacia adelante, me asusté, pensé que tenía algún problema. Después supe que intentaba dormir algo entre paciente y paciente, porque madrugaba.
Me senté, él se incorporó, me miró de frente cinco o seis segundos, no más que eso. Y me dijo: “estamos mucho mejor, mucho mejor. Volvé el martes”. Me bendijo. Ahí comprobé que no tenía los ojos color turquesa.
En ese momento me sentía como en el limbo, en el medio de algo que estaba sucediendo en mi vida. No había tomado remedios porque no los necesitaba. Había descansado mejor. Me sentía bien. A la semana siguiente, cuando volví, ya fui bien presentable, afeitado. Antes estaba muy abandonado.
Lo encontré en la misma posición, en el mismo lugar del escritorio y cuando se incorporó dijo algo que quedó me grabado para siempre, porque no habló de mí, hablo de “nosotros”. Él dijo: Ahora sí. Ahora estamos curados. Lo saludé, le agradecí, me hizo un pedido formal, y me comprometí con él.
Puso mucho énfasis en decirme cuánto tiempo más él iba a estar en la tierra. Fue lo primero que me dijo antes de su pedido: “ya no necesitas venir más, si tenés algún inconveniente vení… y no te olvides de lo que te pedí”.
Pasó el tiempo. Volví a verlo un día que yo estaba mal, pensé que con depresión, pero él me dijo: “solo estas triste, no estás deprimido”.
El Padre Mario y los teléfonos celulares
Ese día yo había llevado mi teléfono celular, que en ese entonces comenzaban a salir, con apariencia de ladrillo. El Padre se puso a jugar con el aparato. Me preguntó cómo funcionaba.
“Mire Padre”, le dije, “cuando titila la lucecita verde puede recibir llamadas, cuando está la luz roja, está interferido”.
Entonces me contestó: -“Yo te lo puedo interferir-”. “¿Cómo?”, le pregunté.
“Así – me dijo- mirá”. Y empezó a titilar rojo, luego a titilar verde, otra vez rojo, y luego verde.
“¿Cómo lo hace, Padre?”
“Yo domino lo más grande que le dio Dios al ser humano: la mente. Puedo interferir un teléfono o una antena en la luna, no tengo límites”, me contestó, pero enseguida cambió de tema. “Lo importante es que vos estás bien”, me dijo.
¿Qué es lo más significativo que te quedó del Padre?
El Padre Mario fue un hombre humilde, sumamente generoso, que dio todo. No se guardó nada para él. Podría haberse retirado a descansar luego de una determinada edad, con el trabajo realizado. Pero él siguió hasta el final. Trató de sacar las cosas adelante. Su ejemplo sirvió porque la obra avanzó, la gente sigue fiel a él, la semilla que él tiró cayó en una tierra buena. Toda la gente que yo conozco sabe de él.
¿Qué te motiva a colaborar con la Obra?
Primero, tengo una palabra con él, porque uno de los dos todavía esta acá. Yo lo hago porque de repente me empieza a sonar en la cabeza González Catán. Siento cosas raras, como una conexión en determinados momentos. En otra oportunidad que colaboré con la Obra (ndr: Jorge donó la caldera de la pileta climatizada del Polideportivo), fue porque sentía las palabras que el Padre me había dicho: “no te olvides de González Catán”. Me levantaba, tomaba mate y sentía nuevamente ese pedido. Fui a González Catán y cuando me encontré con Perla, me dice: “te estábamos esperando”.
Si querés hacerte el sordo podés hacerlo, pero con tantas pruebas…Uno es como el agua, busca el surco. Si vos te querés resistir podés hacerlo…pero yo me dejo llevar.
“Dele el alta, porque éste está curado”
Cuando el Padre me dijo que ya estaba bien, yo me atendía en el Hospital Aeronáutico, y hacía un año y medio que me venían haciendo mensualmente electroencefalogramas.
Ya me tocaba el tiempo de repetir el estudio. Lo hice. En el consultorio del Brigadier Orrillo, él me dijo: “pero te lo sacaron mal. Anda, volvé y que te hagan otro”. Me lo volvieron a hacer, y volví con los dos estudios.
El Brigadier preguntó: “¿qué pasa, anda mal la máquina?”, y llamó por teléfono a la doctora que me los había hecho. La doctora le informó que la máquina andaba bien. No conforme, el Brigadier me dijo: “vení conmigo”. Me realizó el estudio nuevamente. Yo escuchaba que él repetía: “no puede ser, no puede ser”.
De regreso en su consultorio, hizo pasar a tres médicos de su especialidad, uno de ellos había estado en Malvinas conmigo. Desplegó sobre su escritorio todo un año y medio de estudios, y los tres que me había hecho en ese día. Les preguntó: “¿cuántos pacientes son?”
-“Son dos”, contestaron los médicos.
-“No. Son estudios de un solo paciente”, contestó el doctor. “Son de él”, señalándome.
– “No, no puede ser” – , dijeron, y uno me preguntó: “¿fuiste a ver un brujo?”
– “Más o menos”.
Y uno de ellos, cordobés, me preguntó: – “¿A quién fuiste a ver?”
– A un cura, respondo.
– ¿Qué – me dijo con la tonadita cordobesa, –al Paaadre Marioooo?
– Sí, al Padre Mario.
Entonces, el cordobés le largó al Brigadier: “Doctor, no lo tome a mal, pero déle de alta porque este está curado”.
El doctor me hizo ir durante dos meses más, pero luego se resignó y me dio el alta.


llore mucho
Info sobre Psicopedagogía. Gracias.
Hola Florencia, hemos pasado tu pregunta al sector correspondiente. Buen dia!