¡Felices Pascuas!

“¡Alegraos! No tengáis temor”, les dijo Cristo, tras su resurrección, a las mujeres que lo acompañaban y a sus discípulos. Pero, ¿de qué deberíamos alegrarnos? ¿Sólo de su resurrección? No. La alegría que Cristo nos propone obedece a que nos ha dado la vida, a que nos ha librado del mal y a que nos ha abierto la puerta del cielo.

Esta alegría que está dentro de nosotros y esta seguridad que viene de la palabra de Cristo es la tierra fértil en la que florece nuestro amor, nuestra fe y nuestra caridad. La falta de temor que Él les reclamó a quienes lo rodeaban gesta la seguridad que todos necesitamos para transitar en paz el presente y el porvenir. Y cada Pascua es una renovación de esa seguridad que Cristo les transmitió a sus discípulos.

La Pascua es el inicio de la vida cristiana. Nos sigue a lo largo de toda nuestra existencia. Cada vez que Cristo está con nosotros y cada vez que nosotros estamos con Él, hacemos la Pascua. Pascua quiere decir “una llegada”, porque la primera Pascua fue la llegada del Verbo a la tierra. Y si Cristo, a través de su Pascua y de su resurrección perdonó los pecados de los hombres, ¿quiénes somos nosotros para no perdonar los pecados de nuestros hermanos? Comprenderlos, consolarlos y acompañarlos es nuestra obligación de cristianos.

Que nuestra mente no se nuble a la hora de entender a quien de un modo u otro nos ha lastimado. Que nuestra boca no se cierre en el momento en que debe surgir una palabra de consuelo para aquel a quien le duele el alma. Que nuestra mano no se retraiga si el desposeído reclama un trozo de nuestro pan.

Que el Señor, entonces, fortalezca nuestra voluntad y endulce nuestro corazón. Que ilumine nuestra mente y acreciente nuestra fe. Que nos haga Pascua para Él y que Él siga siendo nuestra Pascua. Para que no nos volvamos duros e insensibles; para que la soberbia no nos convierta en sus víctimas; para que la ambición no turbe el amor que les debemos a nuestros hermanos.

La Pascua, nuestra Pascua, es, como dice la Sagrada Escritura, la fase en la que Cristo viene hacia mí, y la fase en la que yo voy hacia Cristo. Y acaso, también, el momento más propicio para reflexionar sobre todas estas cuestiones. Con alegría, como le pedía Cristo a sus discípulos, es el momento de cotejar si mis palabras coinciden con mis actos. Rezar y asistir al templo es sólo el complemento del obrar.

Fragmento de las homilías del Padre Mario Pantaleo