Sabrina Tiseira

En 2004, me acerqué al Centro de Día para Adultos Mayores para realizar una pasantía en mi carrera. Estaba cursando la Licenciatura en Terapia Ocupacional en la Universidad de Buenos Aires. Mi docente era Diana Muras, quien también trabaja en el CAM.

Tenía que hacer una práctica para una materia en un centro dedicado a la salud. Por suerte, encontré el CAM como espacio para esa tarea porque significaba estudiar cerca de casa. Vivía en González Catán y todos los días viajaba hasta Capital para cursar.

Desconocía que en la OPM hubiera un lugar dedicado a los adultos mayores pese a que sabía acerca del Padre Mario, el Mausoleo y otros lugares significativos para la comunidad. Anteriormente, había conocido al Padre Mario por un pedido de intercesión por la salud de mi mamá que logró recomponerse.

Fue entonces que gracias a mi carrera me encontré con el CAM que, en aquel tiempo, funcionaba en el edificio de Santa Inés.

Terminé mi pasantía y luego comencé a trabajar  junto a Diana y a Marisa Parreira, directora del CAM. Con ellas, también viví la mudanza a nuestro espacio propio, en el predio La Toscana, en 2005.

Actualmente, me desempeño como coordinadora general del Centro de Día. Junto a los auxiliares y profesionales, acompaño a las personas mayores en las actividades que les proponemos, en las patologías que enfrentan, en las dificultades que atraviesan. Además, con el equipo trabajamos para ayudarlos junto a sus familias, con las que también estamos en contacto.

Creo que estamos cumpliendo con lo que el Padre Mario quería para los mayores, para que tuvieran un lugar para pasar el día sintiéndose contenidos, activos y cuidados, y regresar a sus casas con sus familias. Hacemos todo lo posible para construir y sanar el vínculo entre ellos cuando la vuelta al hogar presenta dificultades.

Si pusiera en la balanza lo que doy y lo que recibo, estoy segura de que la recompensa por mi tarea es mayor. El cariño, las palabras de gratitud que me regalan los abuelos (a quienes llamo así por el aprecio que les tengo), su bienestar cuando los ayudo, me demuestran que voy por el buen camino y me siento plena en mi trabajo.

En el CAM también sufrimos los fallecimientos de nuestros mayores. Estos momentos siempre son difíciles de atravesar por el vínculo que generamos con ellos.

A nuestros adultos mayores siempre les digo que los tendría que filmar cuando ingresan por primera vez al CAM y cómo ellos están ahora. El cambio que uno ve en ellos es significativo y es posible porque aquí ellos se sienten bien. Además, el vínculo con sus compañeros los ayuda a sobrellevar sus problemas y a fortalecerse frente a ellos.

Así lo quería el Padre Mario. Para mí el CAM es un lugar que lo representa. Doy lo mejor de mí para que así sea.