
Yo también soy parte de la Obra: Silvia Saravia Toledo
Conocí al Padre Mario a fines de la década del ´70. Ya había puesto la piedra fundamental de la capilla. En aquel entonces, yo trabajaba como preceptora en el Colegio de las Hermanas Adoratrices, en Martínez, y tenía una tía muy grave con cáncer. Una de sus hermanas había muerto tres años antes, de la misma enfermedad. Yo la había visto totalmente devastada y pensaba “Pobre mi tía, pasar por lo mismo que su hermana”. Un día, comentándolo con una monjita en el colegio, me habló de un cura sanador.
Entonces fui a ver al Padre Mario regularmente a la calle Artigas. Hasta que un día llega mi mamá desde Salta, donde vivía, y le dije: “Vieja, acompáñeme al Padre Mario que, es un cura sanador”. Mamá se atendía, en Córdoba, con el Dr. Allende: con 10 hijos, ella tenía una osteoporosis galopante. Una de mis hermanas me había avisado: “dice el Dr. Allende que mamá tiene los huesos como un encaje, cualquier golpe podría romperlos y no se sabe si podrían soldarse porque los tiene en muy mal estado.” Le dije a mi madre: “vamos vieja, todas las veces que pueda la voy a llevar”.
Yo también tenía una hernia hiatal de la que andaba muy mal pero no iba por mí, iba por mi tía y por mi mamá. Incluso muchas veces lo llamaba por teléfono y él me decía, riéndose, “¿Qué problema me traés hoy?”
Un día, mientras el Padre Mario pasaba su mano por la foto de mi tía, mi mamá me dijo: “vos que le tenés confianza, preguntale si la tía va a vivir”. El Padre me hizo señas con su cabeza de que no viviría, pero me aclaró: “no va a sufrir”. Realmente ella había hecho un cambio notable desde que yo le traía la foto al Padre. Se le dejó de caer el pelo, había engordado. Ella tenía ilusiones de vivir porque era una mejoría que los médicos no podían creer. Como decía el Padre: si no se podía curar, por lo menos que mejorara la calidad de vida. Y así fue. Mi tía falleció tranquila, durmiendo, de madrugada, sin sufrimiento. Nada que ver con la otra hermana. Y mi mamá sintió mucho consuelo y paz con lo que había logrado el Padre Mario.
Después, yo seguí viniendo a las fiestas de cumpleaños. Viajamos juntos a México, a Perú, a Brasil, y nos seguimos viendo durante mucho tiempo.
Actualmente soy madrina de un niño en el Programa de Padrinazgo de la Obra.
Hace uno años me mudé a Salta, donde vivo hoy, para cuidar a mi madre que falleció hace poco con 101 años de edad. Y hasta el final estuvo maravillosamente bien, gracias al Padre Mario, por supuesto.
Silvia Saravia Toledo
DNI: 5.114.063
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Una misa muy especial
Cuando fuimos a Machu Pichu, en 1987, estábamos en la hostería y el personal se iba de noche y quedábamos sólo los huéspedes. Una noche, estábamos aburridas con Cristina, mi compañera de habitación, y llamamos a otros dos compañeros para que vinieran a la nuestra a jugar al truco. Nos tuvieron que venir a calmar porque nos reíamos a carcajadas, a ver si se pensaban que era el Padre Mario.
Cuando llegó el día domingo, bajamos a una ermita que había al pie del cerro, ahí en Machu Pichu, y esa fue la misa más linda y emotiva que he tenido en mi vida, tanto que lloro cada vez que la recuerdo. Porque el Padre Mario invitó al personal y a la gente que estaba hospedada en la hostería. Había muchas divisiones entre ellos, pero el Padre logró que se juntaran, bajamos a la gente en combi y, allí, que hacía tanto que no había una misa, el Padre Mario se puso a rezar al pie de esa inmensidad, y fue un momento mágico. La gente estaba muy emocionada, durante gran parte de la misa todos tomados de la mano. Nosotros, los del grupo de acá, nos intercalamos entre la gente y en el momento de darnos la paz la gente emocionadísima lloraba mientras se abrazaban unos con otros.
La gente tan humilde, que hacía muchísimo tiempo que no tenía allí una misa, se quedaba sorprendida por la situación y por los abrazos.
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