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Papá compró el terreno para hacer la casa, a dos cuadras de la Obra, cuando yo tenía 8 años. En esa época esta zona estaba toda vacía, no había más que la capilla. Así que empecé a venir a tomar la leche en El Retoño y prácticamente me crié con la hermana Sidonia y el Padre Mario.

Me encantaba venir a catecismo así que aquí tomé la primera comunión y hasta me confirmé.

Cuando tenía 6 años, en La Rioja, caí en un cerro desde 87 metros de altura y me fracturé muchas partes del cuerpo, tuve heridas muy graves, y como allá no podían hacerme los tratamientos necesarios me trasladaron al Hospital Piñeiro, en Buenos Aires, donde había especialistas que pudieran curarme. Pero no avanzaba demasiado, pasaba mi vida entre las muletas y la silla de ruedas.

Acá, en González Catán, conocimos al Padre Mario, primero como vecinos. Al mismo tiempo que yo estaba con problemas de salud, mi papá enfermó gravemente de los riñones. Y ahí estuvo el Padre Mario también para acompañarlo. Fue él quien advirtió a mamá que a papá tendrían que hacerle un trasplante. Poco después, empezó a dializarse y 15 años después llegó la operación.

Mientras tanto, veníamos de madrugada para curarme y empezamos a ver también las mejorías en mi cuerpo. Hasta que un día, mi mamá escuchó del Padre Mario las palabras que estaba necesitando: nos  dijo que no nos preocupáramos, que yo iba a lograr caminar, aunque con la pierna más corta y un poco de renguera, pero caminaría y eso era lo importante. Y así fue: hoy tengo 47 años y, gracias a Dios y al Padre Mario, sigo caminando. Ellos me dan la fuerza todos los días para venir hasta mi trabajo.

Papá falleció en el año 2000 y me angustié tanto que entré en un cuadro depresivo. Un día, pasé por la capilla, entré y le pedí al Padre Mario que me ayudara a salir de esa oscuridad y recuerdo una frase que le dije: Ojalá pudiera trabajar acá, hay una luz especial.

A los pocos días me encontré con Cintia Petrarca quien me contó sobre el programa de padrinazgo y ofrecí venir como voluntaria y aceptaron. De ese modo empecé a colaborar hasta que un día Marisa Parreira me ofreció una vacante acá en el Área Comunitaria. ¡Cómo no voy a estar agradecida y sentirme parte de la Obra del Padre Mario!

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“El Padre Mario sigue presente”

“Una de las cosas más amargas que sentimos en casa cuando falleció el Padre Mario fue la falta de contención espiritual, porque él era un hombre que nos contenía, era un verdadero Padre. Hasta que aprendimos que él sigue presente aunque de otra manera y siempre sabemos que él está acá. A mí me gustaba confesarme con el Padre Mario porque me hacían bien sus consejos. Yo no podía arrodillarme por mis problemas en las piernas así que me quedaba parada delante de él. Y él me escuchaba con toda la paciencia del mundo. Hasta que me decía: ´Bueno, andá y rezá tres Avemarías y un Padre Nuestro, y acordate de no hacer más eso que me dijiste´, y me daba un golpecito suave, en la cabeza y me decía ‘andá, andá’. Cuando yo era chica eso me divertía mucho y aprendía mucho también.”

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