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Benito González hace 17 años que trabaja en la Obra. Es uno de los porteros de la Escuela Primaria.

Si bien sus hijos concurrían a esa misma escuela, su primer contacto con la Obra fue el día de la inauguración del asfalto sobre la calle Pantaleo, con fuegos artificiales incluidos, gracias a la invitación de su esposa, que ya era colaboradora.

Como tantos otros, también tuvo que recurrir al padre Mario: uno de sus hijos tenía un problema en la vista.
“En el hospital nos dijeron que era necesario operarlo. Pero una vecina me recomendó que fuera a ver al padre Mario. El primer día, el padre nos pidió que mi hijo no usara más los lentes, y que andaría bien. Al principio siguió usándolos, pero luego el padre me dijo firmemente que si no le íbamos a hacer caso, no viniera más”.

El chico, entonces, no usó más los lentes.
“La operación no fue necesaria -continúa- y actualmente mi hijo, de 33 años, solo los utiliza para descanso”.
En aquella época Benito se acercó al grupo de colaboradores. Ellos organizaban hermosos corsos, kermeses y festivales. Cuando se necesitaba un asador, allí estaba González, a quien el padre Mario gustaba llamarlo por su nombre de pila “Benito”, como Quinquela Martín, o como el santo de Nursia.

Para Benito, los feriados no eran tales pues, en lugar de descansar, venía a colaborar en lo que la Obra del padre Mario necesitara.
En cuanto a su incorporación como empleado de la Obra, recuerda:
“Un día la señora Elena me propuso trabajar en la Obra. Yo trabajaba en otro lugar, pero vine. Estuve en varios sectores, hasta que con la llegada de Marcelo Encaje como director pasé a la Escuela Primaria”.

Cuando se le pregunta sobre el padre Mario, sus ojos se iluminan.
Y define al querido sacerdote como carismático y cascarrabias: “Pero cascarrabias en el sentido de que no le gustaban las injusticias. Su presencia despedía esa tranquilidad. Uno se volvía un mar calmo luego de charlar con él. Era una persona que parecía que estaba con vos y a la vez, que no te tenía presente, pero que luego se acordaba de lo que habías hablado con él tiempo atrás. Su memoria sorprendía. Eso sí, muchas veces pienso por qué no lo conocí antes, por qué no estuve más tiempo con él.

Cuando antes limpiaba el Mausoleo, mientras le pedía por mis seres queridos, le preguntaba por qué se había ido tan joven. Y recuerdo esos momentos, donde tenía la sensación de estar charlando con él”.