EducaciónSoy Parte

Adriana Vitale

En 1990, cuando me recibí como maestra de educación inicial, me acerqué a este lugar en busca de trabajo y supe que se trataba de la Obra. A ese lugar, que transito hace 25 años, lo conocía únicamente por el testimonio del padre de una compañera de la secundaria. Se trataba de uno de los integrantes de Los Chalchaleros, Ernesto Cabeza, quien visitaba al Padre Mario para que lo asistiera por su problema de salud.

En el Jardín de la Obra, hacía un mes que no conseguían una maestra para realizar una suplencia. Con mi escasa experiencia y gran voluntad, me postulé para cubrir ese cargo en el que estuve hasta fin de 1990.

Recuerdo que ese año fue triste para mí porque perdí tres embarazos. Necesitaba trabajar para sobrellevar mi angustia por lo que hablé con la representante legal que estaba a cargo de la administración del Jardín para saber si podía continuar el próximo ciclo lectivo. Al año siguiente, comencé como maestra titular junto a Emilse Tribuiani que iniciaba su cargo de directora.

Para mí lo más significativo de esa etapa fue haber conocido al Padre Mario. Todos los viernes lo veía en El Retoño cuando atendía a las personas que se acercaban a pedirle ayuda. Como siempre, se llenaba el lugar. Por eso, llegaba más temprano para pasar unos minutos por ahí antes de comenzar a trabajar.

Jamás imaginé que estaría tantos años en un lugar. Hace 25 años que trabajo en la Obra y creo que no me marché porque es especial para mí. Además, aprendí mucho de mis compañeros y de Emy Tribuiani.

Gracias al Padre Mario, formé lo más importante para una persona: una familia. ¡Cómo no estar agradecida!

 

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“Envolvía mi panza con estampitas de la imagen del Padre Mario”

Mis compañeras me insistían para que hablara con el Padre Mario para solicitarle que intercediera ante Dios porque no lograba el embarazo.

Me daba vergüenza molestarlo. Él me miraba y no hablaba. Era serio. Y cuando se acercaba hacia mí, hacía la señal de la cruz y nada más. Hasta que un día, le pregunté si iba a tener un hijo. “Quedate tranquila y andá al médico”, me dijo y me lo repitió.

Cuando el Padre Mario falleció, fui a despedirlo en la Capilla Cristo Caminante. En un momento del cortejo, el féretro pasó frente a mí, y con las pocas esperanzas que me quedaban, le pedí, con lágrimas en los ojos, que me iluminara para tener un hijo. Unos días después, recibo la noticia de que estaba esperando un bebé.

Era tal mi agradecimiento hacia el Padre Mario y mi temor de perder el embarazo que envolvía mi panza con estampitas de su imagen para que la protegiera. En los controles, mi obstetra ya no se sorprendía al ver las medallitas y fotos sobre mi vientre. Hoy, mi hijo tiene 22 años y está sano.

Siento que el Padre Mario está cerca de él, en cada momento, para cuidarlo. Siempre le pido que no deje de hacerlo.

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