Padre MarioAtención al Peregrinola rosa

La historia de la rosa

Cuando la Obra estaba en marcha, el Padre Mario comenzó a preocuparse por su continuidad.

Un día luminoso de primavera, aparecieron detrás de la verja dos monjas, una era alta, vestida de negro y la otra era más pequeña y vestía hábito gris.

El Padre las vio avanzar y me dijo: “esas hermanas se van a hacer cargo de la Obra”. Las dos monjas siguieron acercándose hasta llegar a nosotros, y el Padre, que se encontraba podando el rosal, cortó una de las rosas y antes de que la hermana hablara se la entregó. Entonces, la hermana más alta se detuvo y le dijo: “Pater, Pater, un momento, sólo un momento”. Ella quería sacarle una foto en la que quedara registrado el preludio de su encuentro.

La hermana entonces tuvo su foto y, acto seguido, tomó la flor que se le ofrecía.

Entonces la de estatura más baja dijo: “Padre, yo soy argentina, me llamo Ana Kloster, y ella es Sor Hildegardis Eberle, alemana. Recién acaba de llegar de su país y lo busca porque tiene dos enfermos de mucha consideración que quiere que usted visite. Uno es su propio padre, y el otro es el obispo auxiliar de la diócesis de Rottenburg am Neckar, que también está muy  mal”.

El Padre les respondió con una fina sonrisa y las invitó a pasar a la casa. Sor Hildegardis seguía con su rosa entre las manos cuidándola como si fuera un presente invalorable.

El Padre Mario, antes de escuchar en detalle la relación del motivo del viaje de las religiosas, se puso a hablar de su sueño de levantar una Obra de amor para sus vecinos y de la necesidad que tenía de religiosas en el barrio. Escuchaban con atención, la hermana argentina intentaba traducir como podía el rápido y entusiasmado discurso del Padre.

Entonces, cuando ya había relatado lo suficiente, les hizo la proposición formal de que lo ayudaran enviando algunas hermanas a González Catán para trabajar en la Obra. Las dos monjas se miraron con sorpresa y respondieron que cualquier decisión que tomaran debían consultarla previamente con el Consejo de Administración en Alemania, que pertenecían a una congregación y que toda decisión debía ser refrendada por las autoridades.

Las dos monjas partieron enseguida prometiendo responder a la brevedad respecto al pedido de ayuda, acordando a la vez una futura visita del Padre Mario a Rottenburg am Neckar y a la casa de las hermanas en Bonlanden.

Al día siguiente partieron hacia Paraguay, llevándose tres cosas: la promesa del Padre de asistir a los enfermos, la propuesta de radicación en González Catán y la rosa del jardín.

Tiempo después supimos que, cuando Sor Hildegardis retornó a Rottenburg am Neckar y a Bonlanden, luego de visitar Asunción en Paraguay, Curitiba en Brasil y Buffalo en EEUU, la rosa que el Padre Mario le había regalado no se había marchitado ni ajado, seguía fresca como si recién hubiera sido cortada. Nos contó que, al llegar a su casa, puso la flor en un vaso con agua sorprendida de ese raro prodigio que desafiaba las leyes de la naturaleza.

Al día siguiente tuvieron la reunión del Consejo de autoridades religiosas para dar cuenta de los resultados del viaje y transmitir en ese foro la solicitud del Padre Mario. En esa reunión, la congregación alemana decidió enviar tres monjas a González Catán para ocuparse de la parte espiritual de nuestra Obra. Entonces, Sor Hildegardis volvió a su casa y fue allí que descubrió que la rosa, que la había acompañado sin corromperse por tantos países, finalmente se había marchitado sobre la mesa.

Las hermanas de Bonlanden estuvieron activas en González Catán hasta hace pocos años. Por falta de vocaciones, tuvieron que cerrar la casa que les donó el Padre Mario. En todos esos años, fueron una colaboración muy importante para el barrio, tal como había previsto el Padre Mario.

Resumen basado en el libro «El Caminante», escrito por Aracelis «Perla» Gallardo