Carola Andrea Zárate

Carola Andrea Zárate
Carola Zarate es vecina de la Obra. Tiene 37 años y desde hace 12 colabora en el Taller Guadalupano. Tiene el orgullo de haber sido “porrista” del Padre Mario el día en que se inauguró el asfalto en el barrio. Atravesó el gran dolor de haber perdido un embarazo de 7 meses, que pudo superar gracias al apoyo de su familia, compañeros y peregrinos, y por estar en “la Casa del Padre Mario”, como llama a la Obra. Hoy vive feliz, cerquita de ella, junto a su esposo Claudio y su hija Aylén, y se siente orgullosa de ser parte de la gran familia del Padre Mario.
El Padre Mario era un hombre muy activo, trabajador, que nunca se quedaba quieto. Mis padres lo veían pasar con su sotana negra con maderas, ladrillos, carretillas y todo lo que servía para su capilla.
Recuerdo sus berrinches cuando le ensuciábamos su amada capilla, para este tiempo ya terminada como él la soñó. ¡Cómo nos retaba!, pero ¡con qué amor!, y siempre nos mandaba a hacer algo, por ejemplo: llevame tal cosa, limpiame acá, todo era para beneficio del lugar, jamás pedía para él.
Me da risa y felicidad recordar que fui porrista cuando se inauguró el asfalto. Ese día el Padre pasó corriendo junto a mí y a unas nenas, y al vernos nos dijo: pasen por ahí y pónganse la ropa que está colgada, tenemos fiesta, y ustedes van a ser las porristas del Padre Mario. Y así fue. Todos los papás, asombrados, nos miraban al lado del Padre. Qué vergüenza que teníamos, pero ¡qué alegría!
Hoy tengo 37 años y hace varios años que soy parte de la Obra. Llegué al Taller Guadalupano a través de mi amada Gaby (Gabriela Levy), para realizar artesanías. Al año quedé embarazada y el Taller fue parte de ese momento hermoso: tardes de mates, artesanías y llantos. Sin embargo, la vida me hizo vivir un momento de gran dolor cuando perdí a mi bebé a los 7 meses de embarazo. Me sentí perdida en el mundo y no sabía qué hacer.
Gracias al apoyo de Gaby y de mis compañeras salí adelante. Venía todos los días a pintar, a reciclar, y a recibir a los peregrinos que se acercaban a la Obra. El contacto con la gente hizo que mi vida no fuera un mar de lágrimas. Entendí que el Padre Mario solo quiso ayudarme al permitirme estar aquí. Hoy comprendo que él me quería en su casa. El contacto con mis compañeros y los peregrinos me hacen sentir feliz y útil a los demás.
Tengo una familia hermosa: mi nena de 10 años se llama Aylén y mi esposo Claudio, que me acompañan en este gran amor que siento por la Obra, y doy gracias a Dios por estar junto a “mi” Padre Mario.


